A lo largo de su historia, desde que inventó la escritura hace unos 4.000 años, el hombre sintió la necesidad de contar por escrito lo que acontecía a su alrededor. De ese modo, la literatura no tardó en nacer y el escritor se convirtió en una voz necesaria para el alma en cualquier comunidad. Son distintas las razones por las cuales se escribe.
"El escritor original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie puede imitar", afirmaba Chateaubriand, mientras que Ernesto Sábato en El escritor y sus fantasmas sostiene: "los hombres escriben ficciones porque están encarnados, porque son imperfectos. Un Dios no escribe novelas". Una cuota de humor puso en su pensamiento el novelista François Mauriac y apuntó sus dardos a los nunca bien ponderados críticos: "Un mal escritor puede llegar a ser un buen crítico, por la misma razón que un pésimo vino también puede llegar a ser un buen vinagre". Para el peruano Vargas Llosa, inventar historias es una necesidad primordial, "una necesidad de la existencia, una manera de sobrellevar la vida. Una manera de recuperar, dentro de un sistema que la memoria estructura con ayuda de la fantasía, ese pasado que cuando era experiencia vivida tenía el semblante del caos".
En recuerdo del nacimiento de Leopoldo Lugones, el 13 de junio de 1874, en Villa María del Río Seco (Córdoba), hoy se celebra en nuestro país el Día del Escritor. Fundador de la Sociedad Argentina de Escritores, fue uno de los máximos referentes del movimiento modernista y abordó la poesía, la novela y el ensayo. El 18 de febrero de 1938 se suicidó en un recreo de San Fernando, provincia de Buenos Aires, llamado El Tropezón, ubicado en la Segunda Sección del Delta, tras ingerir una mezcla fatal de whisky y cianuro. "Soñé la muerte y era muy sencillo;/ una hebra de seda me envolvía,/ y a cada beso tuyo,/ con una vuelta menos me ceñía/ y cada beso tuyo/ era un día;/ y el tiempo que mediaba entre dos besos/ una noche. La muerte era muy sencilla./ Y poco a poco fue desenvolviéndose/ la hebra fatal. Ya no la retenía/ sino por solo un cabo entre los dedos.../ Cuando de pronto te pusiste fría/ y ya no me besaste.../ y solté el cabo, y se me fue la vida", escribió.
En algunas sociedades europeas el oficio del escritor y del artista, en general, ha sido siempre valorado y ocupan un lugar importante. En la Argentina, no suele suceder lo mismo. La vasta producción literaria no tiene su correlato con la publicación, la difusión y la enseñanza que es la que permite a un pueblo conocer a sus artistas. Las dificultades para editar un libro no son menores. Desde tiempos remotos, salvo algunas excepciones, un escritor debe pagar parte de la edición de la obra y una vez publicada tardará un buen tiempo en cobrar regalías -si las hubiere- porque suele ser costumbre que las editoriales se aseguren el futuro reembolso para recuperar su inversión; el autor siempre puede esperar. Este trato incomprensible con el autor no sucede en otros países, donde le suelen pagan por adelantado. En la Argentina, en la cadena de comercialización de un libro, el autor es absurdamente el que menos gana; no hay que pensar demasiado para darse cuenta de que sin autor ni obra las editoriales no existirían.
Es poco frecuente, por ejemplo, que los tucumanos se interesen por adquirir o leer la obra de un comprovinciano, porque sus textos prácticamente no se estudian en ningún ciclo de la educación, salvo excepciones que dependen de la inquietud personal de algunos docentes. Sería auspicioso, por otro lado, si en las escuelas existieran talleres de lectura y de escritura porque contribuirían a regar la imaginación y a estimular la sensibilidad de, pero para ello se debería formar previamente a los educadores. Sin libros ni escritores la vida del ser humano seguramente se volvería aburrida.